Fluyen las palabras como lava del volcán

martes, 23 de mayo de 2017

OXIDADO








OXIDADO
Cada palabra se asoma; rebelde, en los labios oxidados sedientos de caricia,  quedan agolpadas como pequeñísimas partículas de arena formando dunas de frases, inalcanzables para el mar.
La mirada se adentra en mis ojos, su alma traspasa la retina suplantando a la voz; no oigo sonido, ni percibo silabas unidas, ni rumor hostil ni afectuoso. A regañadientes la respuesta surge turbada ruborizando mejillas  cuando aflora una pregunta inoportuna.
Cómo péndulo oscilante entre el amor inicial y el desinterés, agoniza mi corazón ante esa incertidumbre. No hay nada que decir en ese instante que pasa a ser en segundos, obsoleto cuestionamiento. La lágrima acelera su tránsito y la mente la retiene.
Cada cuál edifica el amor; algunos construyendo una Torre de Babel incomprensible, otros, puente infinito.

martes, 25 de abril de 2017

OTOÑO







OTOÑO


Imposible pedir a un corazón sin alas que vuele…
Cuando no hay nada que decir, las palabras quedan amontonadas como hojas de otoño.

En vano espero que el viento las arremoline y lleguen hacia mí… 

miércoles, 8 de marzo de 2017

MURMULLO









MURMULLO 
Mece el río tus colinas de amaneceres tardíos.  Inquieta la luna quiere ser espejo de tu sonrisa, mientras pinta de verde tu boca soñadora.
Manzana rojiza tus mejillas, rutinario andar no las observa;  sí, aquel cometa que descansó su mano en ellas.
Respingan las aguas entre las piedras; el mar trae su espuma; queda la playa sumando caracolas aguardando tus pies danzando en las arenas.
Breve murmullo de gaviotas.
Latente deseo

jueves, 11 de agosto de 2016

JAZMÍN





JAZMÍN

Como aferrándose a una juventud que ya había partido, la esperaba todas las siestas, sentado pacientemente en un silloncito de mimbre marrón claro, manchado de oscuro en el apoya-manos. En ese lugar donde sus manos arrugadas, se asían fuertemente, hasta quedar con los nudillos blancos.
Y tenso, esperaba.
Sus ojos cansados y tristes, miraban hacia la calle, el reloj en su muñeca marcaba la hora, una hora que se presentía, que ya no alcanzaba a percibir.
Ella era su sol en el ocaso de su vida. Ya la sentía venir, distinguía sus pasos, su taconear firme y el menear de su cuerpo al pasar. Y el perfume que inundaba la siesta. Era ese sublime momento, que aparentaba quedar suspendida en el aire.
Era el instante mágico, en el cual él quería atrapar toda la juventud. En ese efímero segundo ella, giraba dulcemente su rostro, y brindando una tierna mirada, lo saludaba alegremente, con una sonrisa franca. Él levantaba su mano cordial restituyéndole la cortesía.
Eufórico, disfrutaba de ese rostro cantarín. Y de pronto, como si una juguetona brisa la envolviera, ella desaparecía tras el gran jazmín. Era suficiente ese tramo para devolverle al anciano la alegría a sus ojos, y sin que nadie advirtiera, las lágrimas se arremolinaban, y una que otra incontrolable, se deslizaba por sus mejillas surcadas por el tiempo y soledad centenaria.
Su secreto. Era su secreto, nadie lo sabía, nadie lo presentía.
Una noche, una luna plateada entró por su ventana...

Como todos los días de la semana, a la siesta, caminaba hacia el lugar de siempre.

Lo había descubierto un día, en que la amargura se instaló en su corazón, y se alegró de encontrarlo. Cada día como un rito casi sagrado, saludaba a aquel abuelo, como agasajando una época pasada. Nadie lo sabía, era su secreto. Era para ella la bondad reflejada en los grises cabellos, y, en la mirada añeja, la protección, junto con los consejos no hablados, presentidos que la acompañaban hasta terminar el día, e iniciar uno nuevo, que ignoraba como se manifestaría.
Una tarde, como presagiando la ausencia, su andar se tornó tembloroso, y al llegar hasta la casa, vio con tremendo dolor, que el silloncito de mimbre marrón claro se encontraba vacío. Sus ojos se ensombrecieron, y el sol como augurando desgracia, se ocultó tras las nubes.
Siguió luego de la ausencia y el dolor de lo irreparable, el reproche. Tantas veces le quiso hablar, y tantos fueron los silencios que los acompañaron. Ya nada quedaba, solamente un silloncito solitario vacío.
Del por qué, se preguntó una y mil veces, pero actualmente era tarde, nadie respondería ahora.
Una noche una luna la miró diferente.
Y la noche con la luna le presentaron una nueva estrella, que la observaba y la seguía desde lo alto. Y, enviándole unos guiños cómplices, le hacía saber que desde allí siempre la escoltaría.
Nadie lo sabía, solamente ellos, unidos entre el cielo y la tierra por un arcoiris de estrellas.
Y en una siesta calurosa de verano, se atrevió con su tierna mano cortar un jazmín blanco de la casa del anciano, y lo guardó hasta que, seco ya, perdió el blanco puro de su color, tornándose marrón claro, como el mimbre del silloncito vacío.

Todavía está en un estuche de cristal protegiendo un recuerdo querido, como se custodia tiernamente el respeto y la amistad.

viernes, 29 de julio de 2016

DÍA DE CAZA






DÍA DE CAZA

Esa mañana Juan se vistió con ropa de caza.
 Después de una noche inquieta, desvelada; de abrir ventanas para que entre el fresco, de mirar la luna y de volver a cerrar nuevamente los postigos, de ir hacia la cocina y prepararse una caliente tisana de aromático tilo, tomó la decisión más importante de su vida: ir de caza para atrapar la presa… y se durmió tranquilo.
El sol despunta en el horizonte, los edificios se asemejan a altas montañas, y el tendido eléctrico con su luminaria, árboles tecnificados. Juan vive en una ciudad.
Se viste repasando muy cuidadosamente los pasos a seguir. Ir de caza no es de todos los días.
Sale a la calle, sus pasos firmes se dirigen hacia la plaza céntrica, lleva el arma guardada en su bolsillo, está seguro que, con un solo tiro matará a su presa.
Allí está ella, despreocupada, no previene cual será su final, no se lo imagina. Inocente víctima de un cazador organizado para tal fin.
Juan se queda parado, mira  la distancia, calcula los metros y los pasos que le faltan para estar mas cerca. Respira profundamente para calmar el temblor que comenzó en su mano. Y se lanza audaz y feroz hacia donde está ella, con el arma entre sus dedos.
Solo alcanzó a levantar la vista cuando el abrazo fue el fin de su soledad. Un beso cerró el grito y Juan le apunta con el arma que la matará… una rosa roja.
Sucumbe el cuerpo de la presa, el corazón partido por el certero tiro del amor afloja sus piernas. Juan la sostiene firme. La adrenalina fluye, ella, está entre sus brazos muriendo  de amor

Juan tomó la decisión más importante de su vida.



UNA SIESTA EN EL VALLE

















UNA SIESTA EN EL VALLE

Cuando las siestas calurosas en el valle, se hacían sentir en la cara, con aromas a viñedos y flores de tusca, nos escabullíamos por entre el borde inquieto de la acequia, rumbo al río de Aguas Coloradas.
Custodiando nuestras espaldas para no ser vistos, íbamos corriendo agachados, en fila, llevando en los bolsillos, las infaltables piedritas para jugar a la payana, casi sin respirar y con el corazón que nos salía del alma reconociendo la travesura, nos adentrábamos  por entre yuyales bajos y tuscales, hasta la orilla despejada.
Nuestros pies, rozaban el suelo, más que pisar para no hacer ruido. El crespín llamaba lastimosamente a su compañera, y nos acompañaba tramo a tramo, sin dejarse ver.
Bajo la sombra de algún chañar añoso, nos quitábamos las zapatillas, y comenzaba el juego. Cada uno sacaba como trofeo sus piedritas, sentados en círculo, y el que tenía la pajita más larga iniciaba la tirada.
Y la siesta era risa.
Siempre había algún pícaro que se acercaba a la orilla del río y le daba un puntapié al agua, como lluvia  estival nos salpicaba, y ese simple motivo daba lugar a salir corriendo alocados, tratando de tomarlo por los pies y arrojarlo agua adentro. Lo previsible, todos terminábamos mojados.
La hora pasaba, como pasaban las mojarritas tratando de tomar una que otra migaja de pan casero, vano intento nuestro de  atraparlas, eran ligeras y resbaladizas.
Era tiempo de regreso, y como quien se va, vuelve, de puntitas y en silencio, mezcla de miedo y alegría.
Ingredientes necesarios para una infancia con muchos soles.



miércoles, 8 de junio de 2016

NADA








NADA

 Fue esa tarde, de palomas en la ventana de  esa casona antigua, de café negro en la mesita  de la esquina blanca, de labios rojos recién pintados, y aroma amaderado.
Fue,  la mirada perdida en tu mirada, el temor de rozar la mano y sentir el ruido a cadenas rotas. El misterio del diálogo impersonal, el círculo que contenía las palabras, el sendero marcado por los duendes, el azar jugando a los milagros.
Fue el destino.
 Fue lo  único y fue la nada.
De tanto fue, me miro hoy desdoblada  en el espejo, mi rostro no expresa sentimiento  alguno. Me sobresalta la imagen reflejada entreabriendo los labios - quiero verte - sonido destemplado que resuena en mi habitación.
Mutismo punzante.
Ni réplica, ni objeción… ausente.
Fue esa tarde, lo único, la nada.